La naturaleza como protagonista

Por Jorge Luis Scherer.

"El abrazo de la serpiente".

“El abrazo de la serpiente”.

Las selvas vírgenes de la Amazonia no fueron para Herzog un simple contexto visual para algunas de sus películas. Tampoco lo fue la húmeda e impenetrable jungla de las islas Filipinas, de características similares a las vietnamitas, para Ford Coppola, ni el Ártico de Nanuk, o el mar despiadado en las islas de Arán para Flaherty. Y tampoco el Monument Valley, y la meseta roja de Colorado para la épica de John Ford. La naturaleza es en el cine no documental, mucho más de lo que a veces se ve, suele actuar como un verdadero protagonista, engrandeciendo historias, mostrando sus rostros nobles y hostiles, sus misterios, sus gritos y silencios, introduciendo al espectador en una intelectual antropología de los sentidos.

Dersú Uzala.

“Dersú Uzala”.

“Qué insignificantes somos ante la naturaleza”, le dice Dersú Uzala al joven capitán Vladimir Arséniev, quien al poco tiempo de que ambos se conocieran, en medio de una naturaleza bella pero hostil, en el extremo este de Siberia, el militar comenzó a profesar una profunda admiración por este hombre nómade, que contaba ser oriundo de la minoría étnica de la tribu goldi, y no saber bien su edad, “sé que estoy vivo hace mucho tiempo”. Dersú Uzala, sin conocer el término animista, lo era profundamente, creía en lo sagrado de los elementos de la naturaleza, sentía que cada cosa tiene un alma. Vladimir Arséniev, quien durante años ha recorrido cientos y cientos de kilómetros haciendo estudios topográficos, aprende de este hombre sabio otra visión del mundo, la del universo sensorial. Uzala encuentra en los sonidos el camino de la interioridad, y por eso se apodera del silencio del bosque y cierra los ojos lentamente para adentrarse en cada uno de los árboles. Uzala reconoce los vientos y los olores de la taiga siberiana, sabe de los recorridos de los pájaros, y tiene respeto por la muerte como todo cazador por el sustento. Cuando el gran Akira Kurosawa llevó al cine esta historia real, extraída de los diarios de Vladimir Arséniev, quien había tenido a Dersu como guía voluntario durante sus exploraciones sobre esos ríos y tierras tan cercanos a Dios y tan lejos del hombre, sabía que la naturaleza debía actuar como un personaje tan importante como esas dos personas unidas por un gran respeto y amistad. “Dersú Uzala” se estrenó en 1975, recibió excelentes críticas y muchos premios, entre ellos el Oscar como mejor película extranjera, pero este canto lírico, se convirtió en uno de los ejemplos más elocuentes de la naturaleza como personaje en el cine.

En tiempos en que el hombre moderno se enfrenta a la naturaleza para dominarla y explotarla, olvidando que alguna vez fue parte de la misma, el cine, a través de su historia, ha demostrado que es una de las artes que mejor sabe leerla y mostrarla. Andrei Tarkovski, quien siempre creyó en la comunión ancestral de los rusos con la naturaleza, decía que “si sólo pudiéramos aprender a escuchar los sonidos, el cine no tendría necesidad de la música”. En sus películas la lluvia cae sobre los hombros y se forman charcos, y los caballos blancos embellecen los campos. En un escrito, Abbas Kiarostami confesó que lo único que le hace temer a la muerte “no es el miedo a morir, sino la idea de perder la naturaleza, que aún poseo, la posibilidad de contemplar el mundo”. Hace una década, Sean Penn adaptó una novela basada en un hecho real sobre un joven atleta y estudiante que descubre el mundo natural. La realizó bajo el título de “Into the Wild” (2007), y si bien nunca llegó a los cines argentinos, el título en castellano para el formato DVD fue “Hacia rutas salvajes”. Este joven seguidor de las teorías de dos grandes naturalistas del pasado norteamericano, Henry David Thoreau -quien en 1854 publicó “Walden, la vida en los bosques”-, y de su amigo Ralph Waldo Emerson, quien en sus ensayos enseñó a leer la naturaleza y a ser parte de ella, decide un día abandonar su hogar, los estudios, y despojarse de todas sus pertenencias materiales, excepto sus buenos libros, y dirigirse a Alaska de mochilero para vivir en contacto con la naturaleza.

En el antiguo cine alemán fue muy característico el llamado “cine de montaña”, donde todas las historias giraban alrededor de estas temibles elevaciones que actuaban como un personaje principal. El especialista en rodar estos filmes, cargados de dificultades por las inclemencias del tiempo, fue Arnold Fank, quien en varias oportunidades tuvo como actriz a Leni Riefenstahl, quien poco tiempo después se convertiría en la documentalista más importante de Hitler y el nazismo. “Prisioneros de la Montaña” (1929) y “La Montaña Sagrada” (1925), fueron dos de los filmes argumentales más importantes de la dupla Arnold Fank y Riefenstahl.

Una de las realizaciones más recientes sobre la comunión hombre-naturaleza es personificado en un aborigen, chamán amazónico, es el filme colombiano de Ciro Guerra “El abrazo de la serpiente” (2015). La fiebre del caucho, una de las avanzadas colonialistas más sanguinarias de nuestro continente, que hizo estragos en poblaciones indígenas de la amazonia colombiana, del Perú y Brasil, es el contexto para dos historias, una ubicada en 1909 y la otra en 1940, que fueron los tiempos de la llegada de dos científicos que en busca de una planta sagrada, encontraron en el chamán, último superviviente de su tribu, la voz de la naturaleza.

Un camino iniciado por Flaherty

"El hombre de Arán".

“El hombre de Arán”.

Cuando el joven Robert Joseph Flaherty, nacido en Michigan, comenzó a acompañar a su padre, un ingeniero en minas, en exploraciones por nuevos territorios, y entrar en contacto con distintos pueblos aborígenes, sintió que grabar las vidas en esas comunidades, sus medios de subsistencia y la geografía que los rodeaba, iba a ser su pasión. Para 1920 se había instalado en la costa nororiental de la bahía de Hudson. Su propósito era filmar la vida de un esquimal y su familia en el Ártico. “Lo que deseo mostrar –decía- es el antiguo carácter majestuoso de estas personas mientras ello sea posible, antes que el hombre blanco destruya no solo su carácter sino también su pueblo”.

“Nanuk, el esquimal” (1922), fue su primera obra maestra. El teórico inglés John Grierson, dijo que las películas de Flaherty eran “documentales”, dándole nacimiento al término. En realidad, Flaherty no filmaba la realidad misma en el momento preciso, en el caso de Nanuk hizo que el esquimal recreara para la cámara sus actividades de caza y pesca, su relación familiar y lucha contra una naturaleza despiadada. Algo similar sucedería con su filme más importante, “El hombre de Arán”(1934), realizado en las islas irlandesas de Arán, un pueblo casi mítico, donde los pescadores consideraban que morir ahogados era pagar un tributo al mar por haberles dado durante siglos subsistencia a sus gentes. Flaherty estuvo más de dos años en Arán preparando lo que sería un maravilloso falso documental. El cineasta quería que en la historia estuviera la caza de tiburones, algo que los isleños ya no practicaban desde hacía décadas, dado que no necesitaban de su aceite como combustible para encender las lámparas, ahora tenían luz eléctrica. En pocas palabras, Flaherty hizo que en su película las islas de Arán retrocedieran al siglo anterior, reproduciendo antiguas costumbres y la forma de enfrentarse a una naturaleza que nunca cambió su generosidad y su hostilidad y que siempre fue la protagonista.

Herzog: rey de la selva, los desiertos y más allá

"Fitzcarraldo".

“Fitzcarraldo”.

Ningún otro realizador le ha dado a la naturaleza un papel tan protagónico como Werner Herzog. Es el cineasta que conoce los rincones más insólitos del planeta. Filmó en el Sahara, la India, la meseta tibetana, Alaska, la Patagonia, el Amazonas, en las cumbres de montañas, y volcanes en erupción, por eso cree que el cine es un arte físico. Herzog, quien creció en las montañas de Baviera, nunca estudió en escuelas de cine ni tampoco fue asistente de directores. Este perfecto autodidacta, que aborrece los efectos especiales, dice no distinguir en sus películas los límites entre el documental y la ficción, y es por eso que considera a “Fitzcarraldo” como su mejor documental.

En “El peso de los sueños” (1982) el documental sobre “Fitzcarraldo”, película filmada en Iquitos, Perú, en su mayor parte, Herzog, dice: “Yo veo obscenidad. No hay armonía en el universo. Yo amo la jungla. La amo con locura, pero solo veo fornicación y asfixia y pelea por la supervivencia. Los árboles aquí son desdichados, los pájaros también. No creo que canten, gritan de dolor…” La filmación de “Fitzcarraldo” (1982) se extendió por casi tres años, en las condiciones más adversas y alejadas de la civilización. Cuando filmó también en la selva peruana, “Aguirre, la ira de Dios” (1972), Herzog ya había expuesto a su equipo técnico y artístico a situaciones extremas en medio de una naturaleza tan desproporcionada como su proyecto. Con la recreación de la historia del irlandés Brian Sweeney Fitzgerald, más conocido como Fitzcarraldo, el rey del caucho, el millonario que quería llevar la ópera a la selva, el hombre que cruza un barco de un río a otro, pero por tierra, Herzog supera la hazaña, porque el barco que cruza es más grande y las pendientes del terreno más pronunciadas. La fe y la locura de Herzog con su desmesura, hicieron posible la existencia de “Fitzcarraldo”, todos los de su equipo trataron de disuadirlo en que no continúe con el filme, enfermedades, depresiones, ataques de pánico, durante meses en la selva todo era posible.

En “Grito de Piedra” (1991), filmada en la Argentina, Herzog tiene como protagonista a las altas cumbres del Cerro Torre en la Patagonia, de 3133 metros de altura, considerada una de las más difíciles de escalar en el mundo. La historia está basada en el alpinista Reinhold Messner, un deportista muy admirado por Herzog y con quien compartió una expedición en el Karakorum, donde escalaron dos cumbres de más de 8 mil metros. En el filme actúa como introducción un desafío en la televisión alemana entre dos escaladores, y se traslada a esas laderas cercanas al monte Fitz Roy. El reconocido escalador Hans Kammerlander es uno de los protagonistas del reto, lo que hace que el filme tenga mucho del género documental.

Instinto de conservación o la lucha por la vida

"Essential Killing".

“Essential Killing”.

La naturaleza también suele ser cruel con aquellos que la aman. El escalador de montañas norteamericano, Aron Ralston, un joven que disfrutaba el caminar sobre precipicios, fue víctima de lo inesperado. En la película “127 horas” (2010), el realizador Danny Boyle, (su última película “Steve Jobs”-2015 ) recrea la historia real de este deportista que en 2003, en el Parque Nacional Tierra de Cañones (Utah) sufrió un pequeño traspié al desplazarse entre las rocas y cayó en un hueco, y una piedra de buen tamaño y pesada le aprisionó el brazo y lo dejó inmóvil durante cinco días, hasta que tomó la más drástica de las decisiones, pero la única posible. Ralston, interpretado en el filme por James Franco, buscó todas las maneras inteligentes para desprenderse de la piedra, pero al transcurrir el tiempo, el joven estudiante sintió que la desesperación iba ganando un espacio no querido. Fueron 127 horas hasta que tomó la decisión de amputar con una navaja su brazo aprisionado. Luego fue rescatado y salvó su vida.

El polaco Jerzy Skolimowski, siempre recordado por “El Grito” (1978), alcanzó uno de sus mejores trabajos de su carrera con “Essential Killing” (2012), un filme que sitúa a un hombre, como un animal herido, perseguido por sus cazadores y en un terreno despiadado. En esta gran película que no tiene diálogos, Vincent Gallo interpreta a un árabe, tal vez un talibán o un hombre inocente, que es perseguido por soldados norteamericanos, entre arenas y cañones de piedras, que podrán ser de Irak, Irán o Afganistán. De esa topografía y el calor tórrido del día en el Medio Oriente, el hombre apresado, del que nunca sabremos su nombre, nacionalidad, y voz, es trasladado en avión a una zona de otro continente donde hay 30 grados bajo cero y bosques helados interminables. El vehículo que lo transporta vuelca y el hombre con los pies desnudos escapa por un terreno y un clima desconocido, y se da comienzo a una cacería humana. El hombre va sobreviviendo como un ser primitivo, comiendo raíces, o cazando pequeños animales. El director Skolimowski, autor también del guión junto a Ewa Piaskowska, consigue que el espectador agudice el oído, porque aquí el sonido cobra una importancia dramática real. “Essential Killing”, que salta de las arenas ardientes del Medio Oriente a los bosques helados de la Europa Central, es un ejemplo concreto de situar a la naturaleza como un verdadero protagonista.

 

Artículo de Jorge Luis Scherer-periodista,profesor de literatura y cine- para Ultracine.

 

Artículos anteriores:

"El abrazo de la serpiente".